Me llamó la atención el vertiginoso ritmo de trabajo que se respira dentro y fuera de este histórico coliseo. Sin dudas, existe una sincronizada tarea de remodelación y restauración llevada a cabo minuciosamente por el gobierno porteño.
Poder observar el trabajo de los artesanos en el mantenimiento y puesta en valor de las teselas de los pisos añejos, en los dorados a la hoja de los salones de recepción, en los vitrales del foyer y en el telón principal fue una experiencia increíble.
Si bien la fundación del Teatro Colón data de 1908, se respetó la fisonomía original trazada en ese momento. La fachada exterior fue íntegramente lavada y restaurada, conservando sus materiales originarios; los mármoles interiores fueron limpiados a base de agua y la carpintería de marcos y puertas fue recuperada, pulida y pintada.
Es necesario recalcar que la puesta en valor de todo el teatro insumió largas horas de análisis y estudios previos por parte de expertos en cada una de las más diversas especialidades de conservación artística.
Tal así es que se respetaron las telas originales en las butacas retapizadas en su totalidad como también en las telas de los cortinados y del telón.
De igual forma, se procedió en la instalación de los aires de refrigeración y calefacción central de los subsuelos como en la remodelación integral de todas las salas de ensayo con que cuenta el gran teatro argentino.
La impronta del buen cuidado, limpieza y excelencia en la prestación de servicios esenciales para el confort de los artistas y el público en general quedarán impresas para la posteridad como un logro de esta gestión.
